Soltando lastre

Llego a Sibiu, donde se realiza el festival folk internacional. Una ciudad de unas 50 mil personas, con una cantidad de oferta cultural bestial, me río yo de Pamplona capital europea, con sus carriles bici que atraviesan árboles… en fín. Aquí planto el campamento 3 días, y dedico las mañanas a pasear y ver cositas interesantes, como las casas con ojos, o el museo de caza de August Von Spiess. No es que sea fan de matar seres pluricelulares, pero sí de la historia, y aquí te encuentras muchas. Como la que cuenta el propio varón cuando su perro murió a zarpas de un oso en una cueva para salvarle la vida. ¿Haría lo mismo por mí Pachuco?

Puestos en faena, el festival se desarrolla en una plaza grandísima, y va a ser retransmitido por la televisión nacional. Al final resulta ser un festival un tanto descafeinado, una especie de Murcia qué bella eres, con su Anne Igartiburu y todo, una tal Juliana Tudor. Su Ramón García no tenían, eso que ganamos todos. La cosa era un poco pupurri, con música enlatada a ratos, pero saqué jugo a grandes actuaciones en directo de la delegación chipriota,  una música con reminiscencias celtas, y alguna pincelada de otros países, como la propia Rumanía, China, o Macedonia. Decidí quedarme un día más para ver un concierto en una pequeñita iglesia ortodoxa, en la parte menos túristica de la ciudad. La cosa al llegar prometía, una cola larguísima para poder besar la mano al pater/chamán/ayatolah/maximumchief (no se cómo se llama) llegado de no se dónde y ya en el patio trasero de la iglesia, muchísima gente con silencio reverencial escuchándo cánticos religiosos de 5 señores vestidos tradicionalmente, y el párroco del barrio haciendo de maestro de ceremonias. Al principio prefiero guardar respeto y escuchar un tiempo, no es cuestión de llegar como elefante en una cacharrería, apestando a turista y sacar la grabadora. Además es como que entras en la película, y disfrutas más. La primera parte del concierto (la que no grabé) fue fantástica, con cantos muy espirituales, y preciosas voces. Pillé sólo la última de estas canciones. De repente salieron los invitados estrella, debían ser los Dúo Dinámico rumanos, porque la gente cantaba sus canciones, que sonaban a clásicos sesenteros pero como de protesta anti Caucescu. A mí me parecieron un truño, y más si cabe con el párroco viniéndose arriba contestando cada verso como si fuese el animador de las carreras de camellos de las barracas. ¿Mereció la pena? ¡Por supuesto!

Rumbo ya a Bucarest, voy a dar un vueltón de órdago para ver la quinta presa más grande de Europa, un monstruo de los 80, fabricado al sovietic style. Los brutos que la fabricaron, llenaron los montes aledaños de dinamita, para que en caso de fuga o atención, sabotaje, se activen unos detonadores, que peten todo peñasco cercano y así formar una nueva presa con los cascotes. ¡Amo Rumanía! Quería grabar el sonido de los aliviaderos, y también golpear con mi llave-martillo al mamotreto que os enseño.

Este Prometeus preside la presa, no me digáis que no merecía la pena el esfuerzo. El problema fue que llegar hasta allí es un calvario de puertos de montaña, y lo peor, una masificación turística con la que no contaba. Pues nada, tras vivir un atasco M-30 a 1800 metros de altitud, decido pasar (tendría que haber esperado más de 10 horas a intentar una misión nocturna, y sin garantías de éxito). Pero no me iba a quedar sin mi paseo campestre con Pachuco, y llegando a Bucarest, vimos a lo lejos una torre de extracción petrolera, así que allá que nos fuimos. Imposible encontrar la carretera, decidimos parar en un camino impracticable y seguir a pie. Durante unos 5 kms de campo a través y pequeñas sendas, en los que Pachuco se dedicó a espantar a decenas de faisanes, conseguimos dar con la pista que nos llevó a la torre, y grabar sus sonidos, tanto en funcionamiento como golpeándola en parado. Puede parecer una memez, pero algo así hace que el día merezca la pena en este proyecto.

Ya en Bucarest, decido dar un garbeo en bici a la noche, y la verdad es que me llevé bastante chasco. El centro es un parque temático orientado al turista más zafio, o esa es la impresión que me dió. Edificios preciosos totalmente eclipsados por luces estroboscópicas, música atroz en consonancia, y todo el mundo intentando venderte algo. Los barrios me parecieron más chulos, con pequeños comercios y vida fuera de esa babel de chichinabo. Con ganas de salir pitando, esperé a la mañana siguiente para hacerle un recado al gran Olaf Ladousse (si no le conocéis, por favor, chequead su obra), que me encargó un disco de un acordeonista rumano, pero no hubo manera de dar con él. Aún así me lleve a la saca 12 joyas de folk autóctono y pop universal, como los dos primeros de los Walker Brothers, todo por menos de 25 euros. Huyo despavorido de una ciudad que es una jungla para conducir, de hecho vi en apenas 15 minutos 3 accidentes, y ahora que lo recuerdo, la noche anterior varios grupos de ciclistas haciendo piña quejándose de lo mal que los tratan, en procesión multicolor, leds y música.

Me dirijo a Bulgaria, voy en busca de algo que ahora mismo no os puedo decir, es parte de un proyecto futuro que prefiero no desvelar por el momento. En la frontera, vuelvo a tener otro episodio bizarro-patético de los míos. Aún en Rumanía, doy con un puesto de control y me fijo que los coches anteriores van sacando billetes, cosa que me mosquea porque siempre voy por nacionales, y no he visto ninguna señalización de autopista. Resulta que es un peaje especial para cruzar el Danubio por el puente (la frontera es el mismo río), y yo que había estado en el último pueblo gastando hasta el último Lei rumano en tonterías ¡ay!. Bueno, cosas del viaje, preparo la tarjeta. El tío me empieza a hablar de la viñeta (esto en inglés, menos mal) y yo, qué leches de viñeta dice éste, y él la viñeta, y me señala un papel como de resguardo de aparcamiento. Pues no se lo que es eso, señor mío… El jambo me pide los papeles del coche, y se los queda. Me dice que es un permiso que hay que sacarse para circular por las carreteras de Rumanía, pero que también es en otros países, como Alemania, Austria, Hungría… Pues chico, yo ni idea, pero vaya impuesto revolucionario tenéis montado, aquí, yo no he visto señales de nada de éso… En fín, que me dice que la multa son 150 euros, que a ver qué hacemos. Yo me echo a reír nervioso y viendo al tío como de buen rollo, le digo que si quiere le canto canciones españolas, el tío que hasta ahora sonreía se pone tieso como un palo y ya no se mueve de ahí, 150 euros. Yo le digo que no tengo dinero, y entonces me salta: “50 para mi 100 para tí”. El compañero ni se inmuta, claro, pensará que el siguiente pardillo le toca a él. Ya veo yo el percal, así que miro la cartera y veo que tengo sólo 40 euros, y ya de perdidos al río, le digo que tengo 30, y el tío claro, acepta. Ahora me acuerdo del cartel gigantesco que había en la entrada a Rumanía que decía, estamos contra la corrupción¡ jajaja! Ya tiro para Bulgaria, y cruzando el puente me entra la pirrilera de que el tío no me ha dado resguardo de que he pagado la multa, y sigo sin tener la dichosa viñeta! Pero nada, en la frontera no me dicen nada, y voy directo a pillarla, porque en Bulgaria también es necesaria.
Bulgaria pasa de largo sin pena ni gloria, lo que ando buscando no lo encuentro, y no hay manera de hacerse entender con nadie, muy poca gente habla inglés. En una de mis paradas tácticas para pasear a Pachuco descanso junto a una fuente en una carretera comarcal, y de repente se para un pibe al que le pregunto si el agua es buena, el tío sonríe y me dice que si. Chapurrea un poco inglés y hablando hablando me enseña lo que lleva en el coche. Tres sacos gigantescos de trufas, que venderá en el extranjero. Le digo que con eso en España sería rico y se queda pensativo… en fín, que poco más que contar de Bulgaria.

Y mañana, no os perdáis el siguiente episodio Turco-Georgiano. ¡Bizarrismo, terror y aventura extrema en territorio comanche!