Rumbo al Este

Salgo de Eslovenia con los ánimos muy altos, creo que he descubierto la técnica a seguir para que ésto no sea “mear sobre mojado”. Visitar poblaciones pequeñas, y buscar en sus recovecos vestigios culturales, que de una u otra manera me llevan a conseguir sonidos. En mis últimos días aquí asistí a una misa con cánticos muy bonitos en una pequeña ermita en lo más alto de un pequeño pueblo. Pachuco y yo sudamos un auténtico viacrucis (de hecho el recorrido era uno real, con sus paradas con cruces y todo el rosario) a las 6 de la tarde de uno de esos días que envidias a los del tendido de sombra en los toros, y fue fantástico entrar en una iglesia preciosa, que además cuenta con el órgano más antiguo de Eslovenia, aunque nadie lo tocó, cachislamar.

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La misa estaba llena de gente mayor, y pensé “joe con los eslovenos qué en forma están, aquí llegan todos como una rosa”, pero no, resulta que había por detrás una carretera y subían todos en coche. Aún así se le ve a la gente como muy lozana, y no se por qué, ya que su dieta lleva más cerdo que la del lobo del cuento. En fín, que con cositas así de nimias, me dirijo a Hungría.
Yo todo feliz por mis carreteras nacionales, sin gps, y sin mirar más que de pasada el google maps, no me di ni cuenta que tenía que atravesar Croacia durante unos breves kms. Llegué a lo que yo creía que era un peaje, así que frené a 20 metros, y me pongo a dar la vuelta. Os podéis imaginar lo que pasó, de repente me persigue una patrulla de la frontera croata nino-nino-croa-croa durante apenas 100 metros, y se cruzan todo locos gritándome en arameo. Resulta que Croacia no está dentro de la liga vengadora europea, y hay que pasar controles con el passport en la boca, como antaño. Bueno, me hacen sacar papeles y un poco de cosas, pero enseguida ven que soy un desgraciado y me dejan pasar, seguramente pensando que no soy más que chusma jipi.
Ya en Hungría, voy con mi bamboleo hacia el lago Balaton, algo monstruoso, de más de 50kms de largo. Los que me conocéis, sabéis que los pantanos me chiflan (los cabritos de Atom Rhumba nunca me dejaban parar a bañarme, porque son unos pijos de zona costera), pero la gente de interior valoramos lo bonito que es el chapuzón en pantano o río, a qué si… Pues nada, craso error. Tras una odisea de cacarreteras, llego al comienzo del lago, y ando por ahí buscando accesos, pero todo es, como en Italia, privado. Lo que no es privado, no tiene acceso, con mucha vegetación, y cuando al final llego a un sitio que parece una piscina pública, pero de baño en el lago, me digo, bueno… paguemos unos florines y ya. Pero no dejan entrar a Pachuco, y el calor en la furgoneta lo mataría. Además el agua es un maldito lodazal que hace a Yesa Malibú, así que paso, y nos vamos con los huevos cocidos a sufrir más calor. Decido no bordear el bronto-lago, porque es todo muy marbellí, y me da mucho asco ese ambiente, y tomo una carretera paralela 20 kms al norte, tan mal asfaltada que temo por mi pobre furgoneta, y reduzco más aún la velocidad, con lo que ya resulto directamente cómico, me adelantan hasta los tractores!
Lo que parecía ser un día de mierda, se convirtió en otra jornada mágica, ya que caí en Kapolcs, el pueblo con el festival más largo de Hungría, 10 días con cientos de actos culturales diseminados por ese y otros dos pueblos aledaños, así a priori un sueño para un proyecto como éste! Por 5000 florines (unos 18 pavos) tenía acceso a todas las actividades del festi, así que me pareció obligado parar unos días y disfrutar del ambiente. Aquí la gente no habla tanto inglés como en Eslovenia, pero te vas conduciendo. Lo que más me motivaba era encontrar puro folk húngaro, claro, y vaya si lo encontré. Una joya llamada Vujicsics Együttes, grupo de multiinstrumentistas con más de 40 años de carrera, y una marcha y humor que hacían que hasta yo me riera de sus chistes sin entenderlos. Debí asistir a algo mítico, porque se juntaban para la ocasión con un violinista que me dejó loco, y aunque grabé algunos trocitos, me parecía casi un sacrilegio romper la magia sacando un aparato infernal y electrónico como la grabadora, ante tanta madera, cuerda y hierro. Fui feliz. Os dejo un enlace a youtube.
https://youtu.be/PvPu3Iw9wjg
Al día siguiente mientras paseaba a Pachuco por el bosque (qué bosques en Hungría dios mío), me di cuenta que la pulsera era sólo para un día, con lo que no era tan loca la oferta de precio, pero mejor no haberlo sabido el día anterior, porque igual no me habría quedado. Por cierto, paseando por el bosque vi esta fantástica señal, de lo que era un poblado indio hecho por los niños de un campamento que buscando buscando, no llegué a encontrar. Aún así, por el camino se nos cruzaban todo el rato zorros, perdices, ciervos, serpientes… No ver a humanos en horas, fue fantástico.

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Y llegamos a Budapest!
Amor a primera vista. Para ser una ciudad turística, con mucho mucho visitante español, por cierto, mantiene muy bien ciertas cosas, como los precios populares para todo lo que sean actividades culturales. Tema ir de cañitas, souvenirs, ropa, y tal, como que no, pero fui a un par de museos maravillosos pagando sólo 800 florines cada uno, es decir, menos de 3 euros. Uno fue el Semmelweis Medical Museum, en honor al Doctor del mismo nombre, hombre culto y avanzado que abogó por la disección humana en los albores de ésta, y con una colección privada de cacharros y arte en general del mundo matasano fantástica, con su punto gore, como tiene que ser.

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El otro fue el Museo de la Electromecánica. Un vetusto edificio de tres plantas en la zona judía de la ciudad, donde te enseñan desde la antorcha hasta los generadores de gasoil (se quedaron ahí). Para fans de la ingeniería y de los aparatos en general, mucho rato de diversión, en el que incluso puedes jugar con inventos que Tesla hizo para el disfrute de la alta sociedad.
Me está quedando un poco de catálogo turístico esta parte, pero de verdad que os recomiendo ir cuanto antes a visitar Budapest si teníais en mente hacerlo, ya le están empezando a dar la vuelta, le queda poco tiempo sin gentrificar. Mola pasear en bici por una ciudad inmensa en su arquitectura modernista, con unos edificios maravillosos donde vive gente de toda condición y pelaje (me quedé con las ganas de preguntar cuánto puede costar un alquiler ahí). Ya más centrado en el motivo del viaje, me despedí de la ciudad visitando el Flippermuzeum, un precioso sótano dedicado a ese deporte (olímpico ya, venga!) que es el pinball. Cientos de máquinas emitiendo sus locuras para mi grabadora, no solo de petacos, sino de otras lides recreativas. Pagué 9 euros por entrar gustosamente, pero lo que me dejó loco fue que todas las máquinas eran gratis, podías jugar ad eternum sin pagar nada! Que ya estáis tardando en visitar la ciudad, ya os estoy diciendo!

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Como veo que voy con tiempo de sobra, decido marchar rumbo a Eslovaquia, así que me voy acercando a la frontera, y me digo, tengo que grabar el sonido de las torres de agua antes de cruzar la frontera… Todo mi viaje me han estado acompañando cada cierto tiempo unas construcciones entre alienígenas y soviéticas, que os enseño en la foto. Son de unos 20-30 metros de alto, y suelen estar dentro de fincas privadas, con lo que es dificil llegar hasta su base. Me fabriqué hace unos días un mazo percutor con la llave de cambiar la rueda, para golpear cosas en según que sitios, y registrarlos. Se me acababa la oportunidad de poder hacerlo con las torres, ya que estaba muy cerquita de Eslovaquia, así que diviso una a lo lejos y veo que la granja parece abandonada. Para no aburriros con detalles, ni pude llegar, ni casi salir, porque me metí en un lodazal del que conseguí huir con mucha mucha suerte, previa llamada del pánico al bueno de Aritz Amezketa, que de barro (además de otras muchas cosas) sabe un rato.
La que ya vi como última oportunidad, fue una torre en medio de una explotación ganadera enorme, a 1 km de la general (esta vez asfaltada) y allí que voy, sabiendo que no me van a entender, ni yo a ellos, pero tengo que grabar el sonido de ese monstruo golpeado por mi llave. Tres señores arreglando un tractor que no me entienden, yo que tampoco a ellos… me dicen que vaya a una caseta. Me encuentro con el dueño del cotarro, que habla inglés perfectamente, que ha estado en Bilbao, y que aunque murmura que lo que le cuento es muy sospechoso, está encantado de ayudarme, así que le dice a un empleado que me acompañe hasta la torre, y que siente el mal olor a mierda de vaca. Le digo que me encanta el olor, porque me recuerda a casa de mi abuelo de niño, y se ríe, ya sin ápice de reservas.
Otra vez nos cae al currela y a mí una tromba bíblica, el otro que empieza a ciscarse en el jefe (supongo), yo pidiéndole perdón todo el rato (lo poco que se en húngaro) y ya los últimos 100 metros me deja sólo. Digo yo que será para no mojarse, pues no, es para no cruzar el mayor campo de ortigas que haya visto nunca, dos días estuve con picores en las piernas. Pero mereció la pena, conseguí el sonido, y conseguí algo más: quitarme el miedo a hablar con gente que no sabe inglés, porque te abre muchas posibilidades de vivencias que como turista/extraño te vas a perder.

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Otro miedo que me he ido quitando es el propio miedo a que me pase algo, que alguien me haga pupita. Estás de noche, en tu furgoneta, oyes ruidos raros, gente gritando al lado, y te cagas por las patas… es curioso lo miedicas que nos hacemos con la edad, imagino que la inconsciencia juvenil es lo que tiene, no me recuerdo así hace años.
Eslovaquia me está pareciendo un país tranquilo, y estoy dedicando mucho tiempo a grabaciones de entornos naturales. Hay excursiones muy chulas, como la que hice a las ruinas de Klastorisko, un refugio para la gente de la zona del siglo XIII, aunque hay datos de que el emplazamiento se usaba como tal desde mucho antes. Entre otras les salvaron de invasiones tártaras, aunque con semejante subida (hay trozos que te tienes que agarrar a cadenas), me pregunto chorreando sudor si alguien no sopesaría la opción de que hagan steak-tartar con su culo, en vez de pelear por el mailot de montaña, sin contar con las falsas alarmas, claro! En estos parajes se encuentran símbolos a medio camino entre cristianos y paganos, y lo curioso es que algunos muy recientes. Frente a uno de ellos hice otra de mis sesiones de diálisis (le he puesto ese nombre a grabar un escaneo por los diales radiofónicos), como previamente hice en la tumba de Brassens (Séte, Francia) o en el museo de la radio (Génova, Italia).

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He dedicado sólo dos días a este país, lo siento por mi amigo Roman, oriundo de allí, pero me ha parecido un poco muermo, quizás es que ya se me están pareciendo mucho los sitios, al fín y al cabo no son culturas tan diferentes, y los paisajes son muy parecidos a nuestra tierra. Por cierto, llevo ya dos países con el mando del intermitente izquierdo fastidiado, y no es un arreglo fácil, así que seguiré, al fín y al cabo sólo tengo que aguantar las increpaciones de conductores en varios idiomas! También estoy deseando salir de aquí por el estado de las carreteras, esto es un Highway to Hell constante, con auténticos agujeros negros a tu paso, y no entiendo cómo la gente puede conducir tan a la ligera, imagino que aquí la tradición será, el primer hijo se queda con las tierras, el segundo policía y el tercero mecánico de amortiguadores.
Acabo de entrar en Rumanía, y el pálpito es muy bueno. Me han tratado genial en la frontera, las carreteras son buenísimas, y la gente parece muy maja. El idioma es bastante entendible y las zonas rurales muy bonitas. Me dirijo a un festival folk internacional en una zona montañosa del centro del país.
Paré un día en Cluj-Napoca, capital de la región de Transilvania, para ver un gran museo, el de Zoología de la Universidad. Un edificio viejo con una colección más vieja todavía, gestionado por dos amables estudiantes de postgrado, con miles de bichos disecados, una delicia echar la mañana viendo semejante locura. Os pongo el detalle del estante dedicado a…. la tenia! Yo mismo pensaba que era una leyenda, ya veis que no!

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