Hot Turkey/Georgia (fuck off) on my mind

Y como ya es tradición, la entrada a Turquía también trae premio. Aquí la cosa ya se ve que es seria, colas kilométricas de camiones, y de centenares de metros para coches. Varios puntos de control distintos (en los que te preguntan y miran lo mismo), y unos maderos con pinta de Dinio currando de poli-stripper con muy mala leche es lo que me encuentro. En el primer puesto de control, ya me pide la Visa, se la enseño y me dice que no esa Visa, sino un papelito que hay que sacar antes de venir (ay qué ver, qué feliciano he venido a este viaje sin mirarme las cosas) y que vale 25 euros. Ok, me dice que siga los controles y que aparque para sacarla, pero el tío se queda con todos mis papeles (pasaportes mío y de Pachuco, y los del coche).

Así que en el siguiente puesto me viene un ciclau sin quitarse las rayban de espejo y me pide los papeles. Le digo en inglés que los tiene su compañero, pero claro, ni papa de inglés, y yo por gestos “mira, ahí a 20 metros están, si quieres vamos”. El maldito otomano se pone como loco y me empieza a registrar las cosas a malas, tirando comida, ropa, y ya cuando se acerca al equipo de grabación le pego un grito de ¡NO! que hasta él se asustó, así que llama a otro compañero que sabía inglés y no tenía pinta de boy musculado y lo arreglamos todo en 1 minuto. Voy a sacarme la visa esa, con la furgo parada en el lado de los sospechosos y mis papeles en el primer checkpoint, y aquí ya me quedo tieso, cuando el funcionario me dice “only cash”… Por si no lo recordáis, mis últimos euros fueron el soborno para el poli rumano (bueno, me quedaban 10 euros), y aquí ya no se cómo salir, porque no hay cajero, ni banco, ni me dejan mover la furgo, ni darme los papeles. Empiezo a preguntar a todo quisque pero nadie habla inglés y pasan de mi culo occidental en moto, así que me siento mientras los cabrones se empiezan a reír de mí. Como yonki vende-cleenex en semáforo, interpelo coche por coche si saben inglés, pero yo creo que hasta los que sabían pasaron de mí. Así me pegué un ratazo, a una temperatura que no recuerdo en mis días de panadero. De repente se me enciende la bombilla… guardé 100 euros escondidos en la caja de los libros que me traje, concretamente en Ramona de Rosario Villajos (muy recomendable) por si me robaban, así que pago eufórico y me piro de allí, no sin pasar otros 3 controles a 5 metros cada uno, y lo que ya me tocó las narices, fue cuando uno de los polis que no hablaba inglés, me preguntó en perfecto cockney de Bristol ¡a ver cómo había conseguido el dinero!

Y viene el tortazo. En la frontera me llega un mensaje de la compañía telefónica a la que no hice mucho caso (cada vez que cambio de país me llega uno, pero como activé el servicio roaming, no tenía que pagar nada), pero en Turquía es diferente, ya no es comunidad europea, y las tasas son demenciales. Llamar y mensajes es muy caro, pero al loro: 10,89 euros por 1 mega de datos… ¡¡¡UN MEGA!!! Para cuando me dí cuenta ya tenía una factura de 250 euros de 4 malditos wassaps que mandé, así que bueno, adiós a mi conexión con el mundo. Lo primero que sentí fue una sensación de desamparo, ya no sólo por no poder contactar con nadie, sino porque no puedo utilizar el gps, ni el traductor, ni nada que me pueda ayudar en un país como éste. Es terrible lo atados que estamos a algo que existe hace tan poco tiempo, quizás sea lo mejor que me pueda pasar, ya que ahora toca viajar sin ayuda externa, todo el cobre me lo voy a tener que batir sólo, o con ayuda del paisanaje. Veremos cómo me desenvuelvo.

En Turquía me encuentro un poco desubicado, mi primera parada en Edirne (ciudad fronteriza muy grande) es desalentadora, ya que no encuentro a nadie que hable inglés, y los cajeros no tienen sistema de cambio de idioma, así que no puedo pillar petrodólares por el momento. Decido tirar para Estambul, y hablando con Javi de Mohama Saz (otra recomendación), estamos a un pelo de conseguir encontrarnos allí, pero lo dejamos para cuando vuelva en Octubre. Decido cruzar rápido la mega-urbe pero me doy de frente contra un monstruo descomunal con millones de almas y coches pitando, conduciendo como les sale de las narices. Aquí no existen los cedas, ni las normas básicas de conducción, y los intermitentes no sé de verdad para qué los fabrican en estas latitudes, todo el mundo va a la suya, y o te mimetizas con ellos, o las pasas canutas. Así que ale, a lo loco por Estambul, sin gps, ni intermitentes, sudando tinta para cruzar una distancia brutalmente extensa en hora punta además. Tardé 3 y media en pasarla, y eso que fui todo el rato por circunvalaciones. El tráfico a veces era congestionado, pero no demasiado, el problema era que ibas frenando para dejar pasar a coches que se te tiraban encima, pero no sólo coches, autobuses se cruzaban a la mínima (sin intermitente claro), y ¡hasta un camión-transporte de coches de dos pisos me hizo varias zetas a lo loco delante mía! Recé a Mahoma, Jeovah y Confucio para no tener accidente o avería, porque el caos que allí se hubiera montado, hubiera sido difícil de solucionar. Un maldito infierno que no volveré a pasar, lo siento pero paso de ver Estambul en estas condiciones. Durante los días que he ido cruzando Turquía, he visto auténticas barbaridades en la carretera, incluidos muchos accidentes, pero la verdad que uno llega a acostumbrarse, aunque espero quitarme ese pasotismo en cuanto cruce la frontera.

Algo que me llama la atención es lo nacionalistas que son aquí. Banderas por todos lados (la  verdad que es bonita), pero en una cantidad que raya lo cómico, hasta vi un par de indigentes con su carromato y su bandera gigante bien orgullosos. También mucho retrato idolatrando a no se quién, rollo ayatolah, así que entre ésto, y el montón de policía que te encuentras, te hace sentir un poco como Michael Douglas en La Joya del Nilo.
Motivado por el genocidio armenio que cometieron los turcos,  y en solidaridad con este pueblo, que es quien me va a acoger durante mucho tiempo, decido no grabar ni un sólo sonido en suelo turco.  Os comento  a grandes rasgos, a principios del siglo XX, más concretamente en abril de 1915, comenzó una sucesión de deportaciones y masacre sistemática de pueblo armenio cristiano a manos del nuevo movimiento autodenominado Juventudes Turcas. A día de hoy, estos hechos no han sido reconocidos por el gobierno turco, y las fronteras entre ambos países están cerradas. Me estoy perdiendo una riqueza cultural vastísima, estoy seguro, pero no quiero (y no necesito) inocular ese tipo de malas vibraciones en un proyecto tan bonito como éste. Creo que me estoy volviendo un jipi de cuidado, pero en fin, siendo pragmático, estoy pensando, que a la vuelta sí que grabaré sonidos para engrosar mis archivos y poder utilizarlos en futuros proyectos. Si fuese consecuente con todo lo que pienso, en fín, blablablabla…

Turquía es un país de contrastes en muchos sentidos. El paisaje por ejemplo, que pasas de zonas llanas y casi desérticas a otras montañosas rápidamente, para cambiar en cuestión de pocos kilómetros a valles verdes exuberantes. Es una pena que con lugares tan bonitos como los que me encuentro, la basura se lo cargue todo, ¡qué cantidad de mierda te encuentras en todos lados! Puedes andar kilómetros por un sendero vadeando un torrente montañoso hasta llegar a un paraje idílico, que te lo vas a encontrar hasta arriba de caca, lo que me recuerda un poco a lo que eran nuestros paisajes cuando era niño, que no teníamos la conciencia ecológica de ahora.

También la gente me parece muy chocante en cuanto a su forma de actuar (lo poco que puedo rascar), como por ejemplo lo agresiva que es conduciendo y lo amable que es en el trato. Ya puedes hacer la mayor barbaridad al volante, que luego nadie se va a enfadar por ello, te llevas un pi-pi del claxon que suena casi hasta divertido y ya. También veo mucha camaradería, como la anécdota que me ocurrió en Erzurum, una ciudad de más de 400.000 almas, donde me encontré dos veces con un chaval con alguna deficiencia, que andaba a duras penas por la calle. Era de noche, y parecía un borracho (pero claro, aquí no hay) entonces, la segunda vez que lo ví, al cruzar un semáforo (que da igual que estén en verde o rojo, que peatones y automóviles se lo saltan) se tropezó y se cayó, a lo que otro mocete y yo fuimos corriendo a ayudarle. Él no se dejaba socorrer, imagino que herido en su orgullo se quería levantar sólo. Entonces frenó un coche, se bajó un tío que le saludó sonriendo, le dió la mano como chócala chaval y amablemente le dijo que le acercaba a donde quisiese, con lo que aceptó su ayuda y se fueron juntos. ¿Se conocían? No lo sé, en una ciudad tan grande, pudiera ser, pero quiero pensar que no, y que el ser humano tiene aún estos gestos tan chulos.

Aquí una foto de los semáforos turcos, ¡no veas cómo les ha entrado el tema de los leds! Hay leds por todos lados.

Definitivamente, los días en la furgoneta me están pasando factura, y con una guindilla en el culo tiro para Armenia a lo loco. El final de mi paso por Turquía es digno de documental en cuanto a paisajes, la zona Este del país me ha parecido preciosa. Eso sí, asusta un poco pensar que tengo que volver por aquí, porque he llegado a cruzar puertos de casi 3000 metros, y estoy seguro que si nieva, acabamos siendo pasto de los mamuts, así que ésa es otra razón para adelantar el viaje.

Como las fronteras entre Turquía y Armenia están cerradas desde hace años, hay que cruzar por Georgia, y bueno, creo que ha sido la experiencia más demente y terrorífica que he vivido hasta ahora. Aunque todo empezó muy bien, ya que en la frontera, también hubo anécdota, pero ésta fué de cachondeo, empezando porque la primera poli que me vió llegar, me preguntó si el bañador que tenía colgando eran mis calzoncillos, y haciéndo la broma con los colegas, ya todo fiesta. Pachuco pasó a llamarse Oscar, porque tenían un perro igual, e incluso llegaron a hacerle una especie de bautizo, y aunque me registraron de arriba abajo (los más insistentes en ese sentido), el cachondeo fue generalizado, acabando haciéndose todos una foto conmigo, que empezaron a wasapear, imagino que con los polis de otro turno, y vete a saber tú qué chorradas decían sobre uno, pero bueno, me lo tomé con humor.

Pero éso fue todo lo divertido que me pasó en Georgia. Al ver que estaba tan cerca de Armenia, apenas 130 kms, decido cruzar la frontera ese mismo día. Se estaba haciendo de noche, pero no le vi mayor inconveniente. Pues bien, la carretera empezó a ponerse en peor estado cada vez, hasta llegar a algo no visto jamás; si os acordáis de lo que dije sobre las carreteras húngaras, pasan directamente a la posición de autopistas alemanas comparadas con la barbaridad que tuve que atravesar. El problema no era sólo ése, sino que la gente conduce muy a lo loco y muy rápido, dos ingredientes que unidos a la nocturnidad, y a que todo el puñetero mundo iba con las largas, hizo de ésta, la aventura más terrorífica que he vivido en el viaje hasta ahora.

Si el asfalto estaba mal, al llegar a los pueblos ya directamente era un piso destruido, con cascotes gigantes y mucha arena, gente cruzando sin mirar con pinta de zombi (luego me enteré que Georgia es un pueblo especialmente alcohólico) y una sensación de peligro que no había sentido hasta ahora. Os preguntaréis, ¿por qué no paraste en algún sitio a dormir, alma de cántaro? Yo también me la hice, pero os cuento: Crucé una población un poco más grande que ya directamente me hizo sentir en el Oeste, pero el Oeste real, destrucción, polvo (imagino la situación lloviendo y me entra pirrilera), gente sin apego a su vida, y una calle central repleta de garitos con neones gigantes que anunciaban casinos, bares, puticlubs y no se qué más, porque no entendía ni papa. Aquí ya me empecé a poner paranoico, y se me fue la pinza pensando en que si paraba igual me violaba algún oso borracho o me comía algún aborigen ciego de la droga esa caníbal oriunda de por aquí. Con deciros, que esa noche, cuando pasó toda la locura y pude dormir, soñé alucinado que conducía por esa carretera,  que los socavones tornaban en troneras de billar y que mi pobre furgoneta conmigo dentro éramos la bola blanca golpeada por palos con clavos accionados por tovarich endogámicos empapados en vodka barato…

Así de loco llego a la frontera Armenia, y en ese estado tengo un conato de reyerta con un autobús entero de turcos (no hay manera de olvidarse del gentío otomano). Tras pasar el control georgiano, en esa tierra de nadie entre fronteras y que en este caso era más larga de lo normal, llego a un túnel de unos 100 metros, con paso sólo para un vehículo, y que cruzo hasta que a falta de 5 metros, un bus turco se introduce y me corta el paso. Ok, doy por hecho que meterá la marcha atrás, pues no señoría, me empieza a pitar diciendo que recule todo lo andado para dejarle pasar. No doy crédito, la verdad, pero estoy muy cansado y quiero acabar con esta pesadilla, así que después de un concierto en mi menor a base de pitidos del bus, mi furgoneta, y un coche que se puso detrás y que también era turco (ojo al detalle) tiramos en procesión para atrás. A la salida del túnel y antes de dejarle pasar, me bajo de la furgoneta, le pego en el cristal y le digo que mucha jeta, pegándome en la cara, pero me da que ese gesto no está en el acerbo de los hijos de Gerges. El tío me grita para que me aparte, los pasajeros se van levantando y me gritan, y el coche de atrás me grita, ni siquiera me defienden los que han tenido que recular como yo. Entonces me acuerdo del gesto de coger el zapato e increpar con él, que no se si es turco (creo que no) pero lo hago y amenazo con tirárselo, y entonces ya se lía. Abre la puerta del bus, se baja el maldito viejo, se bajan pasajeros, se bajan los del coche, y todos a gritarme. Me quedo serio, le agarro de la solapa al para ser conductor de primera y le digo todo calmado en castellano: “Me da igual si me matáis entre todos, pero que la primera te la llevas tu, como hay dios”. Se quedan todos callados, y el copiloto del bus agarra al conductor y le mete para adentro dándole palmadas en la espalda. ¡Todos a sus vehículos y a seguir el viaje!

Seguiremos contando estrafalarias aventuras, ya en Armenia,  de  unos primeros días caóticos e infernales, y de cómo un pueblo maravilloso me está demostrando día a día que la bondad natural existe.