El expreso de mediodía.

Aquí estoy tras más de un mes sin decir tonterías, pero las aventuras (gracias a Dios) dejaron paso a una vida apacible durante mi estancia en Armenia. De mis vivencias e impresiones allí ya pondré negro sobre blanco en un capítulo especial, que merecen éso y más.
Parto de Yerevan, la capital el mismo día de la independencia. Tengo la suerte de que las celebraciones se van a desarrollar en Gyumri, segunda ciudad del país, y primera que me adoptó, ya que es donde me arreglaron la furgoneta el día que metí el hocico por primera vez. Se apunta a venir conmigo Eduard, al que ya considero amigo, jardinero de la escuela donde residía, con una cultura vastísima sobre muchos temas, especialmente la historia de Armenia. Hemos tenido conversaciones fantásticas que me han esclarecido brumas y han guiado mis pasos en muchos caminos durante estas cinco semanas. ¡Gracias amigo!


La ciudad está a rebosar de gente, y no vemos nada muy atractivo para que yo grabe, así que como despedida, le quiero invitar a una comilona en algún sitio tradicional. Edo (aquí la gente utiliza ese tipo de diminutivos, Eduard/Edo, Sargis/Sarko…) se controla un sitio maravilloso, de esos que te tratan secamente, y es que no te necesitan, están siempre a tope y su comida es excelente. Le dejo a Edo que pida él y nos ponemos las botas con un surtido de diferentes clases de pepino en vinagreta, yogur especiado, y Tjvijk, un guiso de corazón, pulmones e hígado de vaca que aún me estoy relamiendo, aunque esa noche casi mato gaseado a Pachuco en la furgoneta. Todo bien regado con vino casero que no salía en la carta, y que era delicioso, con un ligero sabor como a mora, o puede que fuese granada, que es la fruta oficial del país. Brinda que te brinda, tontería tras tontería en un idioma que ninguno de los dos controlamos bien, el inglés, pedimos café y la cuenta, pero sólo nos sacan la cuenta, dicen que están muy liados y que pasan de hacerlo, jajaja ¡qué majos!


Echamos el café estilo turco (que está riquísimo) y copa de coñac Ararat (también excelente) y salimos a comernos el villorrio, pero la temperatura ha pasado de 30 grados a un viento gélido de 10. Le dan mucho por el zacuto a las celebraciones y nos despedimos, ya que Edo tiene que volver en busgoneta (le he puesto ese nombre al transporte más usado en Armenia, ya os contaré) y son más de dos horas salta que te salta. Nos despedimos con la seguridad que nos veremos otra vez, y emprendo la marcha hacia la frontera, para hacer noche allí y cruzar al día siguiente las terroríficas carreteras georgianas que como recordaréis, pasé de noche cuando vine y aún tengo pesadillas. Esos pocos kilómetros que me restan, los dedico a intentar hablar con todo el mundo (tengo que gastar la tarjeta telefónica armenia que pillé), porque entro en Turquía al día siguiente y estaré una semana ilocalizable (Georgia me la tomo como un mero trámite), pero es que me invade una sensación melancólica que me obliga a despedirme, marcho de un país que me ha tocado muy adentro, y noto que empieza una nueva vida para mí, os juro que no dramatizo, cada día constato más esa sensación de cambio. Quizás sólo sea el morapio y tenga que dormir la mona…
En fín, que ahí va el último gesto bonito de un armenio: A escasos 2 kms de la frontera, anocheciendo, atacamos un camino perdido para dormir alejados de la carretera. El frío es antártico, me meto bajo el edredón vestido para entrar en calor, el viento sopla como Louis Armstrong…. Cuando estoy echando la meadica de antes de antes de dormir, y Pachuco ya ha intentado cazar sin éxito, en noche cerrada, aparecen por entre los cerros unos faros, que dando tumbos van llegando a mi posición. Me espero a saludarle y con una sonrisa limpia como nieve del Ararat me da las buenas noches, y me pregunta si estoy bien y si necesito algo. Le digo que estoy muy bien, y que mañana cruzo a Georgia. Él me dice que vive allí al lado y que si ¡quiero me invita a cenar! Declino la oferta, le doy las gracias como si me hubiese ofrecido un riñón y se va deseándome mucha suerte. Todo éso lo hacemos en armenio, que yo he intentado chapurrear y él intentado entender. Duermo por primera vez en mi querida furgo después de cinco semanas, con una sonrisa de tres filas de dientes.
Amanezco a las 4 y media de la mañana, quiero meterle zapatilla al tema y llegar pronto a Turquía. Ningún problema en la frontera armenia (hasta me dice el del último control buenash díasssh) y ningún problema en la frontera georgiana. ¡¡¡Venga esas carreteras al infierno!!!! Pues ¿sabéis? De día la sensación es diferente, están mal, claro, pero no pasa de anecdótica mi travesía, y en un pispas llego a la frontera, cuyos policías georgianos son todo amabilidad y hasta un poco bromistas.
Pero llega Turquía….

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Todo parece ir bien, son las 9 de la mañana, el sol brilla, el primer poli que me para me dice que estuvo viviendo en Bilbo trabajando para no se qué de baloncesto, todo son buenas caras… De repente dicen que hay un problema con el perro, van a llamar a un veterinario. Pregunto cuál es el problema, siendo que ni siquiera nadie lo ha visto, he sido yo el que lo he mencionado. Dicen que es la ley. Cuando entra un perro a Otomandia, un veterinario tiene que dar el ok, pero como ellos no tienen, llaman a uno del pueblo de al lado. Primer timbrazo de que algo no cuadra, otra cosa no hice, pero me estudié la ley sobre el tema, y con el pasaporte perruno europeo, Turquía tiene un convenio que no exige nada más. A mí me huele a que le están dando curro extra al colega del pueblo, ya que aquí ni Blas tiene animales de compañía, y poco ganado se ve en la zona. El madero me dice que 200 dólares, aunque estoy seguro de que se ha equivocado ( o lo ha intentado), porque ante mi cara de asombro en seguida dice que son 100 liras turcas (unos 16 euros). Pero yo me niego. Exijo que me enseñen la ley escrita donde dice éso. Empiezan a refunfuñar y a decirme que nadie rechista, que no es mucho dinero, que patatín patatán, pero yo que no, que me la muestren. Mientras tanto, aparece el veterinario, ya poniéndose los guantes blancos y preguntando por el chucho. Aquí nadie toca a mi perro hasta que me enseñen la ley dichosa, así que ala a hacer el teatrillo como que sacan un taco de hojas de un armario y se ponen a buscar, pero nada… Pues yo me saco un libro y me pongo a leer, porque ustedes lo que no saben es que tengo todo el tiempo del mundo, como más de un mes para volver a casita. Al final muestran un papel con tres líneas escritas en turco, pero claro, yo no entiendo turco y les digo que me traduzcan. No pilotan mucho inglés, y me traducen sólo 4 o 5 palabras con el móvil, que pone provide a doctor. O me la traducen entera o no jugamos ( y mientras yo pensando si decirles que mis derechos exigen que me la traduzcan al castellano, pero no quiero tensar una cuerda ya de por sí bastante aguda), pero aquí ya explotan, se ponen entre todos a gritarse y a mirarme (yo no dejo de sonreir y éso les enerva aún más), y llaman al veterinario, persona bien tranquila y con la que un momento antes tuve una pequeña charla aparte diciéndome que es verdad que tenía todo en regla, pero… y señalaba a los polis.
Entonces el veterinario se va hacia el coche y me sueltan la amenaza. O lo haces ya, o el veterinario se va y nunca podrás pasar la frontera. Me la estoy jugando por 15 euros, pero me da igual, no cedo al chantaje, es mi pequeña muestra de valentía, me siento pura sangre armenio y envido a grande. Así que el Doctor Bacterias se larga, y me quedo allí pidiendo un teléfono para llamar a la embajada, pero no me lo conceden. Pido a todo el mundo que pasa por allí durante un rato pero nadie me quiere (o se atreve a) ayudar, ay… ¡qué diferencia con los armenios! Vale, les digo que tengo comida y agua para dos semanas y que las pasaré allí. Entonces uno de ellos me apunta directamente con la metralleta y me dice que me vuelva a Georgia. Otro le baja el arma, pero se quedan allí todos mirándome, y la situación me parece insostenible, así que decido cruzar la frontera por otro sitio y ceder mi torre.
Lo que no me esperaba es que decidiesen vengarse de la manera más sádica que pudieron. Haciéndome toda clase de controles, registros y pruebas que la ley permite sin que llamemos a los cascos azules. Durante 5 horas vacié la furgoneta 3 veces, la pasé por escáner dos, fuí de punto a punto de control no se cuántas, me cachearon otras tantas (una de ellas me desvistieron) y todo para joderme. Los camioneros que pasan habitualmente no daban crédito, e incluso alguno venía a darme ánimo. Pero os juro, y rejuro que nada me estaba haciendo daño. Adopté una actitud tranquila, no había vejación que hiciese temblar mi estado zen paleto y a todo lo que me decían respondía con una sonrisa; de echo me lo tomé como una buena ocasión para ordenar la furgo. Acabé muy cansado, pero orgulloso de mí mismo, digamos que hasta fue una gran prueba de pensamientos y actitudes que he ido asimilando en este viaje y me servirán para el futuro. Tuve un par de momentos de miedo en los que me monté la película de que iban a meterme algo en el equipaje, pero estuve todo el rato alerta, y además me pareció un pensamiento demasiado paranoico. Sí que les vi escribir algo en el ordenador con mi nombre, mientras el jefe les dictaba, y me mosqueé bastante, porque podía ser un simple informe, ya que les dije que iba a llamar a la embajada, y se estaban cubriendo las espaldas, o un aviso a otros puntos fronterizos para que me dieran taza y media de baño turco.
Cuando por fín me soltaron, volví con mis queridos georgianos, que me pidieron explicaciones, y cuando les conté la papeleta que tenía, no se sorprendieron en lo más mínimo, poniendo cara de si yo te contara…Me volvieron a pedir los papeles, pero el carnet de conducir no aparecía. ¡A que me lo han birlado los otros! ¿Serían capaces de algo así? Cuando ya me habían dado un teléfono para llamar a la embajada (porque me decían que fuese a preguntar, pero yo no quería), uno me dijo que mirara tranquilamente otra vez en la furgo, que me veía cansado y nervioso y se me podía haber pasado. Allí estaba. Después de pedirles mil veces perdón por lo que podía haber sido un pequeño marroncete diplomático, salí derrapando en busca de otro punto fronterizo. Destino, la frontera con Batumi, en el Mar Negro.
Un consejo. Haced caso al gps. Ok, no comes huevos, das pasta para el repoblamiento del gamusino y no le haces el juego a google. Pero si el gran hermano te dice que en Georgia, para llegar de A a B, no cojas la carretera de 150 kms, sino la de 450, hazle caso. En mi descargo diré que no es que no lo hiciese, es que no tenía internet, y simplemente mirando el mapa, decidí tomar la corta. Además, como ya viajero experimentado, en cuanto tomé el cruce, pregunté a un paisano si era la carretera a Batumi, y me dijo que si. Ok. Tras unos 20 kms, comenzó el horror. Ya es la tercera o cuarta vez que digo aquí aquello de si esa carretera me había parecido mala, luego apareció la otra que blablabla… pero es que así es, la carretera que me dirigió a Armenia, era muy mala, pero ésto ya no era carretera, era una pista de montaña con pedruscos, socavones, charcos, cascadas, barro…. nieve!!!! A los pocos kilómetros de empezar la odisea, le pregunté a otro lugareño, a ver cuántos kms me quedaban así dirección Batumi, y me dijo por gestos algo con un tres. Vale, pueden ser 3, o 13, o 30… Pues de no ser que el tío fuese matemático y sabía de números primos, pero conducía un motocultor por hobby, allí no había ningún 3. ¡¡¡50 kilómetros con la primera marcha únicamente metida!!!! Bosques, montañas nevadas, valles desolados, riachuelos crecidos, todo lo que sale en los programas esos de supervivencia en Alaska, me tocó cruzar. Pero no es que se me hubiera ido la pinza y me hubiese metido en parajes que nadie más pisaba, qué va… Eso era un ir y venir de trastos de todo tipo que le daba una vidilla… Ocho horas tardé en pisar asfalto de nuevo, con deciros que hasta saqué a Pachuco a que paseara, y poniéndose delante ¡me sacaba ventaja!

Aquí podéis ver un pequeño vídeo-ejemplo, aunque los había peores.

Carreteras hacia Batumi

A escasos 2 kms de dicha ciudad, exhausto, cegado por la manía georgiana de conducir siempre con las largas, y un poco preocupado por lo que pasase al día siguiente en la frontera, paré a dormir. Pero algo me decía que todo saldría de perlas.
Me levanté de un humor excelente, y pensé en el día anterior como un mal sueño. Las preocupaciones nocturnas habían desaparecido, y estaba preparado para lo mejor y para lo peor de la misma manera. Feliz porque estaba bien, rumbo a casa, y con más de la mitad del proyecto completado.
Dicho y hecho, en 10 minutos crucé las dos fronteras, y poco después estaba desayunando tranquilamente en un paseo marítimo de la cosa turca en el Mar Negro. Es 22 de Septiembre, ya no hay turismo y el paisaje tiene ese ambiente de canción del Duo Dinámico que tanto me gusta, esa calma que como niebla amortigua el ruido del culto al ocio hace escasos días.